HASDAY IBN SHAPRUT, EL MEDICO DEL CALIFA

 

Sinagoga de Cordoba

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HASDAY IBN SHAPRUT, EL MEDICO DEL CALIFA

Por: Francisco Muñoz Reyes.

Hay hombres a quienes les cabe todo lo malo y por el contrario, los hay que les falta sitio para tantas cosas buenas. Entre estos últimos, entre los virtuosos, entre aquellos a los que Dios orienta, se encontraba Hasday ibn Shaprut, un judío de Al- andalus cuya fama e influencia se extendieron más allá de los confines del reino más poderoso del Occidente, y dejó su nombre escrito con letras de oro para que resplandeciera aún más ante los ojos de la Humanidad.

Hasday era hijo de un comerciante rico y piadoso de Jaén afincado en Córdoba a principios del siglo X que abandonó su tierra de origen buscando las oportunidades que pudiera ofrecerle la capital califal. Aunque Hasday no naciera en Córdoba, no por ello hemos de considerarle menos cordobés,  pues antes como ahora multitud de gentes venidas del Santo Reino ataron su destino a Córdoba, vertiendo su sangre con la nuestra en un mismo crisol. Tanto es así, que yo me atrevería a decir que 1/3  o quizás más de los habitantes de la ciudad proceden de tierras jiennenses. Así que,  si gallegos y asturianos son primos hermanos, cordobeses y jiennenses somos algo más que parientes.

Sinagoga de Cordoba

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A su padre no debieron de irle mal las cosas, pues fundó una sinagoga y protegió muy generosamente a los poetas que escribían en hebreo y a los estudiosos de la Torá. Su padre hubiera querido que se dedicase a los estudios  teológicos y desde pequeño fue educado en el estudio de las Sagradas Escrituras y otras ciencias tradicionales judías, pero él no era de la misma opinión, se desvivía por el conocimiento y la única túnica o armadura que  estaba dispuesto a enfundarse era la del saber.

Hasta tal punto llegó su afición a la ciencia que cuando sus padres le recomendaron que buscase esposa, él les respondió que estaba demasiado ocupado en sus estudios como para dedicarle tiempo a una mujer; algo que nos puede resultar difícil de comprender, pero más que ilustrativo sobre su manera de ser.

Por aquellos años el reinado de Abderramán III,  “El Victorioso”, estaba próximo a su fin, y como no le quedaban enemigos a quien vencer, no le quedó más enemigo que la enfermedad y la muerte. Desde que era niño siempre temió por su vida, su abuelo ajustició a su padre y el mismo mandó ejecutar en su presencia a un hijo suyo, por lo que siempre vivió temeroso de su existencia, temiendo ser envenenado, dándose la paradoja que fue debido a aquella paranoia, que el hombre que llevó al califato a su máximo esplendor fue el causante de su ruina, pues temeroso como estaba de cualquier acto hostil, impidió que su heredero Alhakam II tomase esposa hasta los 46 años, y a su muerte, su hijo Hixam II y su reino quedaran en manos de un arribista sin escrúpulos como Almanzor.

Un día alguien le habló al califa de un médico de la Judería de Córdoba, que hablaba todos los idiomas y que había inventado una sustancia que curaba todos los males; lo mandó llamar a palacio y tan satisfecho debió quedar con su presencia, que lo nombró su médico de cabecera, convirtiéndose en uno de sus hombres de confianza.

A Hasday no le impresionaron la riqueza y el ornato de Medina Azahara, a él sólo le importaba perseverar  en los conocimientos científicos, y esa constancia, fue la que le llevó redescubrir una pócima de la antigüedad que curaba los dolores más graves, amén de ser el más eficaz de los antídotos. Esta pócima llamada “TRIACA” y cuya composición ya nadie recordaba, se convirtió en su mayor obsesión desde el momento en que leyó una traducción árabe de un libro de Galeno – De Antidotis – que fue a parar a sus manos durante su adolescencia.

Durante años se afanó indagando en tratados incompletos y oscuros y con frecuencia mal traducidos del latín, del griego o del siriaco, probando distintos procedimientos y combinaciones hasta dar por fin con la misteriosa formula, que era un eficaz contraveneno, que curaba las mordeduras de los animales venenosos y que poseía un efecto antiespasmódico, tónico y calmante.

Aquella fórmula mágica contenía sesenta y una sustancias, a pesar de que la norma hipocrática dictaminaba que eran preferibles los medicamentos simples a los compuestos, y fue la que llevó a Hasday a convertirse en médico del califa, del mismo modo que su primer descubridor, Andrómaco de Creta, había llegado a alcanzar el puesto de médico del emperador Nerón.

Sinagoga de Cordoba

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Hasday era de fácil y agradable palabra, de dulces maneras, amena conversación y de carácter franco. A todas esas virtudes había que añadir un aspecto impecable, pues Hasday era un hombre distinguido, al que gustaba vestir con elegancia, pero sin excesos,  exornado todo ello por el mayor ornato que pueda haber en una persona, que no es otro que la higiene, que le proporcionaban junto a su cuidada barba una presencia majestuosa.

Hasday lograba con frecuencia curaciones reputadas como milagrosas, pero aquellos supuestos milagros no eran consecuencia de un poder ilimitado, sino de un don que solo está al alcance de unos pocos elegidos, y que él poseía; el don de curar.

Esa virtud arraiga en hombres de gran inteligencia, pero sus raíces más profundas alcanzan hasta el corazón. Dotado de estos recursos, Hasday miraba a los ojos a los pacientes, los escuchaba con atención, y les explicaba con detalle las causas de su mal. Si a todo ello añadimos un clima agradable y cordial tendremos el secreto de su pócima mágica; que no es otra que ganarse la confianza de sus pacientes, que aquejados por ese binomio que conforma toda enfermedad, como son la dolencia física y el trauma psicológico, una vez depositada su confianza en él, el elemento psicológico desaparecía y el físico una vez desmembrado del anterior, era más fácil de conjurar, tanto así, que una vez atendidos quedaban casi sanados.

+INFO http://www.cordobaincoming.com/portfolio/sefarad-cordoba-experience/

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