La Calleja del Pañuelo

Calleja del Pañuelo

Calleja del Pañuelo

La Calleja del Pañuelo.

En los aledaños de la Mezquita surge otro de esos rincones llenos de magia ante el que se extasían los viajeros, creyéndose transportados a una litografía de época romántica. La forman la Plaza de la Concha y de los Rincones de oro, anudadas por la calle de Pedro Ximénez, que el pueblo nombra del Pañuelo, tal es su estrechez.

Si uno sale del Patio de los Naranjos, y toma la calle dedicada al músico Martínez Rucker- que nació en la casa número 6, como recuerda una lápida en su fachada, enseguida le sale al paso por la izquierda la Plaza de La Concha, un recoleto rectángulo defendido de los autos por una cadena. En la arquitectura de su perímetro destaca la casa solariega de los Concha, que fue una nobilísima estirpe cordobesa, que dio a la patria almirantes y generales, conquistadores y colonizadores de Indias.

Al exterior ostenta la casa una adintelada portada de piedra gris, y sobre ella un frontón partido en el que se inscribe el balcón, igualmente adintelado, rematado por dos pináculos. Esta mansión pertenece desde 1922, a la Institución Teresiana, que en 1963 encomendó su remodelación al arquitecto Rafael de la Hoz. El abierto postigo invita a asomarse al zaguán, decorado con un mural de azulejos antiguos, en cuyo suelo empedrado se dibuja una estrella. La cancela de hierro forjado permite entrever el luminoso patio, con doble arcada de ladrillo, y una hermosa fuente en el centro del pavimento enchinado. Un hermoso patio señorial.

Haciendo esquina con la casa solariega se abre la blanca y angosta calleja de Pedro Ximénez o del Pañuelo, delirio de los turista, que los arquitectos consideran un “azucaque” medieval. Tras un primer tramo, más ancho y luminoso, una repentina esquina, subrayada por un capitel toscano con su fuste, que surge por la izquierda, transforma la calleja en una angostura de 76 centímetros, donde uno se siente físicamente abrazado por los muros de cal.”En mi calle vendíamos pañuelos que de la anchura de la calle” me aseguró hace años Ana María García, que habitaba la casa nº3.

La calle desemboca en la placita más pequeña del mundo, pues no sobrepasa los quince metros cuadrados de superficie. Tanto recogimiento induce a imaginarse que se trata del recoleto patio de una casa particular, pero no, es un espacio público por el que se puede transitar libremente, aunque encerrado en su aislamiento intimísimo. Subraya el silencio reinante el hilo de agua que mana de una fuentecilla mural al caer sobre un cilíndrico pilar de barro rojo, posible brocal árabe.

Cubre el suelo un pavimento de morrillo dibujando cuadrículas, mientras en un pequeño arriate crece, a ambos lados de la fuente, dos naranjos esbeltos que buscan la luz y entoldan la placita regalándole fresca sombra. El rincón más íntimo acuna otro fuste con erosionado capitel, y en la arista de la esquina cuelga un farol estratégico. Al fondo, y guardando proporción con el recito, contemplan el decorado irreal tres puertas verdes inscritas en arcos rebajados de ladrillo pintados de ocre.

La mínima placita, hecha para verla, olerla e incluso oírla, más que para describirla, es conocida desde antiguo como de los Rincones de Oro, topónimo que Ramírez de Arellano, estima que se le puso “en mofa a su suciedad”.

Pero el recordado periodista Manuel García Prieto prefería buscarle un origen más poético al nombre, y en un artículo publicado en el viejo semanario Ecos se preguntaba “¿Serían los doblones del mercader de sedas, cuidadosamente guardados en tinajas vidriadas en los rincones de su casona silenciosa?”, ¿Es acaso que allí vivieron plateros de oro fino?, ¿ Será porque el sol al penetrar furtivamente en la calleja baña con luz de oro las aristas agudas de sus viejos rincones…? Nada como la imaginación de un escritor para explicar el enigma que encierran muchos nombres ancestrales.

Autor Francisco Solano Márquez

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