Lagartijo:”El primer Califa del Toreo”

Lagartijo

Lagartijo

 

Rafael Molina Sánchez “Lagartijo”

Mediado el siglo XIX, la humanidad con la llegada de la industrialización da un nuevo paso en su evolución, acarreando con ella a par perjuicios y nuevos avances, entre los que se encontraba el daguerrotipo, para entendernos mejor, la fotografía, que nos permitirá hacernos una idea más precisa e ilustrativa de cómo eran las gentes de aquella época, que poco diferirán de las de los siglos pretéritos, y que de la pluma de un viajero inglés del siglo XVIII, se nos describe como bajitos y de tez muy oscura.

Aquel fenotipo, no era producto de la casualidad, ni fruto de la fantasía de una mente aventurera. Aquella imagen era el lastre que habían dejado tras de sí siglos de precariedad alimentaria, miseria y falta de higiene. Fue durante los años medianeros de aquella centuria de rostros apergaminados por el sol, el frío y la lluvia cuando vio por primera vez la luz, el que fuera por derecho propio primer califa del toreo, Rafael Molina Sánchez “Lagartijo” hijo de un mediano banderillero y más mediocre espada, apodado ostentosamente el “el Niño de Dios”, y de la hija del torilero del coso de los Tejares.

En aquellos tiempos de toreros de recia patilla, cualquiera que se preciara y que tuviera relación con el mundo del toro en alguno de sus escalafones, tenía su apodo, era algo así como una señal de identidad, como si con eso y su apelativo, fuera suficiente como para destacar un poco por encima de los demás, por humilde que se fuera, porque antes, más que ahora, la tauromaquia era un arte o un oficio que entrañaba un mas que considerable peligro.

En aquella centuria, los avances de la medicina, no iban más allá del torniquete, sin los adelantos y avances con los que ahora contamos. El toreo era algo serio, los caballos que utilizaban los picadores eran huesudos pencos que carecían de peto, y convertían a los varilargueros en un blanco perfecto, que de tantos golpes en la cabeza como sufrían a consecuencia de las caídas de los caballos, terminaron los mas de los de ellos sus días locos o alcoholizados.

No mucho más envidiable era la suerte de los toreros de a pie, a los que por pequeña que fuese una cornada, podía acarrearles la muerte la infección que desencadenaba. Como decía, aquellos eran otros tiempos, los toreros eran los ídolos populares, hasta tal extremo, que en una velada en la que Zorrilla, el colosal poeta, quería oír a Gayarre, el tenor colosal, cantar sólo para él y sus íntimos, un amigo del tenor, que estuvo presente en la velada lleno de admiración le dijo al roncalés “Roncal, valle de Navarra de donde era originario Gayarre”: En España no hay mas que tres grandes nombres: Lagartijo, Zorrilla y tú. Y al preguntar el tenor, cual era el lugar que ocupaba entre ellos, el amigo le respondió: pues coloca a Rafael el primero, y ponte después en el que te de la gana.

Si hubo un maestro que marcó con su estilo aquella época de toreros patilludos y coleta natural que durante mucho tiempo distinguió a los toreros, ese fue Lagartijo el Grande. Sus primeros pasos los dio en el barrio de la Merced, el más taurino del mundo, y aún lo fuera más, si alguien de mejor plectro lo cantara, habitado por familias de humilde condición cuya vida giraba entorno al Matadero, que también por este nombre se  le conocía y que fue la cantera de la que emergieron la mayoría de los toreros y subalternos cordobeses decimononicos.

Fue bautizado como no podía ser de otra manera, en la iglesia de Santa Marina de Aguas Santas, que además de santas eran toreras. A la sombra de la Torre de la Malmuerta, pronto llamó la atención de los vecinos, el hijo del Niño de Dios, por la habilidad y ligereza con que se desenvolvía frente a la cornamenta simulada de un astado, por lo que dieron en llamarle “Lagartija”, de donde le sobrevino el apodo que más tarde llevaría en los carteles. De jugar al toro en la calle, pronto pasó a torear de noche las reses que pastaban en las ganaderías próximas a la capital. Siendo aún un imberbe con su taleguilla al hombro se fue andando hasta Andujar, para participar en un festejo taurino, en el que tras banderillear brillantemente, mató a petición del público el último novillo. Cuando volvió a Córdoba, se quedó dormido al pie de un árbol y le robaron los cuartos que le reportó su aventura por tierras de Jaén.

Con solo once años ingresó en la cuadrilla de Jóvenes Cordobeses, que recorrió durante algunos años diferentes plazas de Andalucía, cosechando notables éxitos, y de la que Lagartijo en su segunda actuación ya aparecía como el primero en los carteles. Con el paso de los años llegó a doctorarse, tomando la alternativa en Úbeda un 29 de septiembre de 1865, sumando 1632 corridas en las que dio muerte a 4867 toros, toda una hazaña, durante sus 28 años de alternativa, sin encontrar mas rival a su altura que granadino Salvador Sánchez “Frascuelo”, que era diametralmente opuesto a Lagartijo, tanto en su concepción del toreo como fuera de los cosos taurinos. Aquella rivalidad en la plaza no empañó una verdadera amistad, no exenta de admiración por ambas partes.

En su dilatada vida como lidiador, Lagartijo no solo tuvo que hacer frente a los astados dentro de los cosos, si no que fuera de ellos también tuvo que bregar con bureles de sentido muy desarrollado, como D. Braulio Navas y sus secuaces, un grupúsculo de aficionados sevillanos, que no pudiendo sufrir la primacía en los ruedos del torero cordobés y no encontrar ningún torero que oponerle que pudiera hacerle  sombra, no se les ocurrió otra cosa, que  zaherirle tocando unas campanillas durante sus actuaciones, llegando a desplazarse a cuantas ciudades estaba anunciado Rafael, esperando el más mínimo fallo, provocando incidentes y altercados como el que personalmente sostuvo Lagartijo con D. Braulio. Hasta tal punto llegó su actitud que Lagartijo tomó la decisión de no torear más en Sevilla, que era el único propósito al que podían aspirar ante la imposibilidad de encontrarle un rival a su altura. Como a todo en esta vida, a los campanilleros les llegó su fin, que tuvo lugar la tarde que Mazzantini sufrió un serio percance a causa de sus impertinencias.

También tuvo Lagartijo su prurito de ganadero, que como suele ocurrir en tales casos le depararía una suerte adversa, que escatimó en gran medida sus recursos, pues como bien sentenció el Duque de Veragua al torero Curro Cuchares, que optó por el mismo camino, “los que tocan la guitarra, no  son nunca los que las hacen”.

Tras haber pisado durante 27 años el albero de los cosos patrios, Lagartijo decidió retirarse en 1893, despidiéndose con cinco corridas extraordinarias que tendrían como escenario las cinco plazas más importantes del país, a excepción  de Sevilla, en las que actuaría como único espada, que no le reportaron ningún triunfo, que para nada empañará su brillante trayectoria.

El 1 de agosto de 1900, entregó su alma a Dios el esplendido Rafael, el que fuera mejor espada del  S. XIX puso con su muerte el primer peldaño de la historia de la tauromaquia del S. XX. En loor de multitudes se despidió quien tantas veces socorrió a los necesitados, el benefactor que mando construir la Cerca de Lagartijo, para aliviar las penalidades de sus paisanos, y que aún permanece en pie para honrar su memoria. En el se cumplió a la perfección el dicho de “quien guarda el dinero, no es torero”, pues el lo derrochó a manos llenas, llegando casi a la vejez sin ahorrar una peseta.

Lagartijo fue único, porque si grande fue como torero, no lo fue menos como persona, no fue únicamente el mejor torero de su tiempo, fue una leyenda, alguien a quien el pueblo erigió una estatua en cada pecho, al que en sus malas tardes se le perdonaba lo imperdonable, y del que una vez retirado se solicitaba su presencia, y al verle el público le aclamaba, y era siempre el alma de la fiesta. Hasta yo me atreví a componerle un poema el día que  se cumplía el centenario de su muerte. ¡En fin que algo tendrá el agua cuando la bendicen!

Una corona de laurel

Bordada con alamares

De palomas negras

Del cielo pende.

¡Que no murmure

El agua del río!

¡Que se vistan de luto

Los ojos del puente!

¡Un minuto de silencio!

Al nazareno de los toreros

Una plegaria silente.

Hoy se cumplen cien años

Que le hizo inmortal la muerte.

Autor Francisco Muñoz Reyes.

 

 

 

 

 

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