San Lorenzo Cordoba 1652 vs Gamonal Burgos 2014

Plaza de la Corredera

Plaza de la Corredera. Cordoba

Viendo las noticias últimamente he advertido la gran relevancia  que ha adquirido en los medios de comunicación las protestas de un barrio en Burgos llamado Gamonal. Me ha venido a la mente un relato de Ramirez de Arellano en sus Paseos por Córdoba, en el cual relata una protesta similar, salvando el tiempo y los motivos. He percibido similitudes entre ambos acontecimientos, y es que la historia se repite…

“Retrocedamos al año 1652, en que, unido lo escaso de la anterior cosecha, a la saca de trigo que se había hecho para otros puntos, y la escasez de fondos por el arreglo de la moneda que en aquella época se hizo, fue causa no sólo de que el pan se vendiera a un precio excesivo, sino que faltara en el mercado, porque la esperanza de mayor ganancia hacía a los panaderos y acaparadores reservar las existencias con que contaban y que no eran pocas. El precio de la hogaza llegó a subir a 21 cuartos, al par que los demás alimentos eran pocos y también a precios exagerados, viéndose los pobres reducidos a la mayor miseria.

San Lorenzo

San Lorenzo. Cordoba

Llegó el 6 de Mayo. Al salir la gente de la misa primera de San Lorenzo que, como ahora, se decía los días festivos, una mujer llamó la atención de todos, gritando que su hijo había muerto de hambre, a cuyo cadáver abrazada, excitaba más y más hasta que estalló la rebelión de aquellos infelices. Juntáronse unos 600 hombres, a quienes las mujeres, con desgarradas voces, decían que eran unos cobardes si no se tomaban la justicia que se les negaba por los que deberían de ampararlos en sus desdichas, y al fin consiguieron que aquellos se armaran como cada uno pudo, yendo a buscar al corregidor, Vizconde de laPeña Parda, al que hubieran asesinado, si no se esconde en el Convento de la Trinidad, cerca de su casa; pero le echaron abajo la puerta  y le rompieron cuantos muebles encontraron.

Ya en esto se habían reunido 2000 hombres, demostrando en general su enojo contra el obispo, que era el señor Tapia, prebendados y todos los caballeros y empleístas de Córdoba, a quienes llamaba logreros y gitanos, entrándose en todas las casas, de las que sacaban todo el trigo y harina que encontraban, llevando parte al Pósito, que estaba en la Corredera, y parte a san Lorenzo, donde improvisaron un almacén.

El obispo –a quien le abrieron también los graneros y sacaron el trigo que tenían para el abastecimiento de su familia- determinó salir a pie por la ciudad, exhortándoles a que se sosegasen, y comprometiéndose a abastecer el mercado de pan barato; pero ni la suavidad de sus palabras ni sus virtudes y ancianidad le bastaron para que aquella gente lo dejase de insultar con palabras que, ciertamente, no merecía. Así pasó el día y la noche.

Los amotinados estuvieron en forma de retenes en San Lorenzo, la Axerquía y otros barrios, además de guardar las puertas para evitar la salida de trigo, y aún se asegura que sacaron los tiros o cañones que había en la Calahorra y los llevaron a las puertas de Gallegos y Puente. Los frailes de San Pablo, San Francisco y Capuchinos, por consejo del obispo, anduvieron toda la noche de ronda, con lo que evitaron muchos desmanes que a su sombra proyectaban.

Amaneció el martes y se puede asegurar que casi toda Córdoba tomó parte en el alboroto, pues los amotinados del día anterior obligaban a otros a que le siguiesen. Entonces fue cuando se dieron más a conocer Juan Tocino y el tío Arrancacepas, que capitaneaban parte de aquella gente, y de quienes tomaron nombre dos calles. Les incitaban a buscar armas y defenderse, diciendo que el Marqués de Priego venía con muchos soldados a guardar a los nobles de Córdoba, a quienes ellos deberían antes cortar las cabezas, por lo que dichos señores se vieron en gran peligro, asustados unos, escondidos otros, entrándose las señoras en los conventos de monjas para verse libres de la tormenta que contra todos se levantaba.

Como a las ocho de la mañana habría reunido unos 6000 ó 7000 hombres, unos con armas de fuego, otros con chuzos, alabardas y hasta con palos y piedras. Entre los caballeros había uno que se llamaba don Diego de Córdoba, hijo de don Iñigo de Córdoba, señor de la Campana, que era querido del pueblo, por el que siempre miraba, siendo partidario de la tasa, y en él se fijaron los amotinados para pedirlo como corregidor en reemplazo del vizconde de Peña Parda. Él rehusó, pero a ruegos del obispo y de sus numerosos amigos y allegados, consintió al fin a ello, y en el ayuntamiento, delante de más de 4000 personas, recibió la vara de manos del señor obispo, siendo saludado con una gran salva de arcabucería.

En seguida arengó al pueblo desde los balcones, diciendo que consentía en gobernarlos con la condición de que se retirasen a sus casas, que él los sustentaría de pan al precio de tasa, hasta la próxima cosecha; que le jurasen obediencia y esperaran tranquilos en sus hogares. Lo hicieron en seguida se publicó un bando para que entregasen las armas, dándose todo por terminado sin la menor desgracia, aparte de los desafueros o allanamientos de morada para la saca de trigo. Por la tarde había pan en abundancia, a tres cuartos y medio y cuatro. En ella ocurrieron dos o tres muertes de pendencias entre los mismos amotinados, empezando éstos otra vez a escandalizar, pudiendo avenirlos su nuevo corregidor.

El miércoles pasó bien la mañana, pero también por la tarde hubo una cuestión cerca de San Juan de los Caballeros entre dos hombres del pueblo, quedando uno muerto; el otro huyó, aunque herido. No se supo quién divulgó que aquella muerte la había causado un caballero llamado don Felipe Cerón, en venganza de insultos que le hicieron los días anteriores, y esto le bastó para que más de 2000 hombres se juntasen pidiendo la cabeza del que juzgaban delincuente, viéndose don Diego de Córdoba en un nuevo compromiso, que al fin venció, ofreciendo castigar a don Felipe con la muerte si era autor de lo que se le achacaba. Siguiose así, hasta que por último logró que el rey aprobase todas sus disposiciones e indultasen a los promovedores del motín, acabando felizmente este episodio de la historia de Cordoba.”

 

 

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